viernes, enero 27, 2012
Fotos
miércoles, enero 04, 2012
domingo, diciembre 25, 2011
Salón
El salón va quedándose vacío. De personas, de muebles, de vida. Siendo yo pequeño era una habitación muy transitada; entonces la familia era mayor, había ancianos y visitas. En un rincón ahora sin nada estaba entonces el televisor, y donde está la silla —incómoda pero decorativa— hubo un sillón bien acolchado en el que se sentaba un primo de mi abuelo cuando venía a verlo mientras estuvo enfermo. Ya olvidé cuál de los dos murió primero. Siempre me gustó esa casa, la de mis abuelos paternos, que fue también la primera en la que viví, apenas unos meses que no recuerdo. No he olvidado, sin embargo, los fines de semana y los veranos de la infancia. Desde entonces aprecié, sin saberlo definir, su aire inglés, los muebles coloniales y la carpintería blanca, el piso de madera, las cortinas y las tapicerías de cretona con grandes flores como las del jardín. Sobre el piano permanece la fotografía de la bisabuela; siempre pensé que me miraba raro, aunque lo cierto es que era yo quien la veía con ojos extraños. Y en los portarretratos, resumida y expurgada la última historia familiar. A la izquierda, en un marco ovalado, una fotografía de mi abuelo cuando niño. Siempre me dijeron que me parecía a él. Recuerdo acudir solo a mirarlo, como si quisiera confirmar de aquella forma mi pertenencia a la familia.
jueves, diciembre 22, 2011
Se te pasará
miércoles, diciembre 21, 2011
Punto y seguido
sábado, noviembre 12, 2011
Fin de crisis
sábado, noviembre 05, 2011
Un empeño suficiente
«Por entonces contaba yo con una edad —treinta y dos años— en la que, tras haber tenido suerte con tres o cuatro novelas ligeras, no parecía absurdo, o al menos a mí no me lo parecía, buscar un empeño vital adecuado (más tarde, uno aprende que la vida en sí misma ya es un empeño suficiente)».
~ Evelyn Waugh: Viaje a los Santos Lugares. Barcelona: Elba, 2011, p. 32.
jueves, noviembre 03, 2011
Frío
domingo, octubre 30, 2011
Otoño
lunes, octubre 24, 2011
Volver

martes, septiembre 13, 2011
Sentencia
Tenía que haberlo escrito aquí ayer, apenas unas horas después de enterarme. Un juez ha sentenciado que el despido que sufrí en marzo fue nulo y condena a «la demandada» (una consejería de Cultura de un gobierno autonómico de un lugar de España) a readmitirme y a pagarme los salarios de los meses que me ha impedido trabajar. Y también, a abonarme unos dineritos como indemnización por daños y perjuicios. Ayer, cuando mi abogado me leyó por teléfono el párrafo en el que el juez describe el calvario de los dos últimos años (acoso laboral, destrozo profesional, represalias, trato vejatorio, etc.) me saltaron las lágrimas. Sabía que la razón está de mi parte, pero no contaba con una sentencia tan contundente. Y me pasa como con la tesis, que se alegran los demás más que yo mismo, y entonces me alegro un poco más. Porque —O tempora— ya no soy el mismo. Estoy anclado en el presente, aunque sea un presente continuo. Miro hacia atrás y no me duele tanto. Miro hacia delante y no lo siento mío. Hoy toca esto, pues esto. Y mañana…
miércoles, septiembre 07, 2011
Ola de calor
Mañana —dicen— llega a las Islas una ola de calor, pero ahora, todavía madrugada, hace un frío propio de una noche de otoño. En manga corta, en la terraza, siento sobre mi piel el fresco sin importarme, porque sé que cuando apague el pitillo entraré de nuevo y me meteré en la cama. El sufrimiento depende, en buena medida, del tiempo que tarde o, mejor, del tiempo que suponemos que va a durar. Una muerte, por ejemplo, es tajante, y siendo como suele ser una mala noticia es tan contundente e incontestable que no queda lugar para el temblor de la incertidumbre. En la lápida sepulcral del pequeño Guido Finzi-Contini hicieron inscribir: «Perfecto en forma y espíritu, tus padres se aprestaban a amarte cada vez más, no a llorarte». Lo que queda, en efecto, es la pena cuando se frustra una progresión natural de amor, una expectativa. Sin embargo, en otras circunstancias, esa esperanza es la que alimenta el sufrimiento. No se resigna uno a ser, por ejemplo, abandonado —por una pasión, por un amigo— y si es verdad que mientras hay vida hay esperanza también lo es que mientras hay esperanza hay drama. La lección no está aprendida. O quizá sí, pero ¿de qué sirve? No me consuela saberlo ni me alivia escribirlo. Sólo tomo nota, por si alguna vez me toca a mí ser el abandonador: decir adiós es una —última— obra de caridad y tener a alguien sufriendo, esperando ingenuamente, es un pecado de los que sólo Dios puede perdonar. Aunque yo esté dispuesto a disculparlo.
martes, agosto 02, 2011
Lecciones
Llueve. Qué importa que sea 1 de agosto. Si todo se ajustara al guión sería aburrido, por previsible. En el fondo —y, sobre todo, en la forma— me gusta este verano raro en la ciudad que, con su niebla y su calor tibio, me acompaña. Me dice gota a gota que los diferentes somos legión, y que lo normal solo está en los manuales y en los libros de estilo. La vida cotidiana es una suma de rarezas inesperadas. A poco que se haya vivido hay que rendirse a esta evidencia, sin perder tiempo en comprenderla. Es así. Ni siquiera sé si es bueno. El riesgo es convertir esta sana indolencia en anestesia, como si fuera mejor vivir sin sentir, sin sentirlo, sin sentido. No es eso. Andaba yo cavilando estas cosas durante el mes de julio cuando leí, en la novela El pájaro espectador, de Wallace Stegner, estas líneas que debería memorizar:
Acepta agradecido cualquier placer que el mundo te proporcione, pero no reniegues de Dios cuando te falle. Nadie en el Universo te prometió nunca nada. La mayor parte de las cosas se rompe, corazones incluidos. Las lecciones de una vida no nos proporcionan la sabiduría, sino cicatrices y callosidades. Pero eso no funciona de un modo indefinido. La crucifixión puede discutirse filosóficamente hasta que empiezan a dar martillazos en los clavos.