sábado, junio 30, 2007

Voces



Es verdad que la vida palpita en los papeles viejos, que no están muertos quienes son recordados. Que no están muertos. Igual que los personajes de un libro, al abrirlo, nos hablan, nos interrogan, nos reprenden, sucede también que voces de otros siglos se dirigen a nosotros. Yo los escucho, algunos días, al leer ancianas escrituras. En silencio. Cada legajo es un acordeón de historias por pasar, aunque pasadas. Y a veces pasa, por prodigio, que al leer dices acompañado lo que solo no podías:
«Jesuchristo, hijo de Dios uibo, Señor óieme, Saluador socórreme. Madre de Dios, princesa del cielo, Uirgen bendita y loada y de todo dolor rreseruada, ruega por mí a tu piadoso Hijo, hermosura de los ángeles, flor de patriarcas profetas del cielo, tesoro de los apóstoles, gloria de los mártires» (1614).
NOTA. Esta oración, quizá improvisada, fue anotada por un anónimo escribiente en la portadilla de un protocolo de escrituras. Estas hojas eran a veces aprovechadas para hacer dibujitos, practicar caligrafía, plasmar arrebatos místicos o versos de amor. La vida misma. Los signos de puntuación son míos, y es probable que su colocación sea mejorable. Acepto sugerencias.

jueves, junio 28, 2007

Una muerte lejana

Para Pablo Buentes, por su santo
[y porque dice que le gustan estas historias fallecidas]

Francisco Celes murió solo y murió lejos. Lejos de Sestri, a «una legua de Génova», donde nació no sé cuándo. Quizá Simón, su padre, era comerciante y por eso el joven Francesco se lanzó a la aventura. O tal vez desde pequeño se quedaba embobado en los muelles de la Liguria, viendo entrar y salir barcos llenos de mercancías y sueños nuevos. No me cuesta imaginarme a Catalina, su madre, diciéndole arrivederci la primera vez que se fue, que quizá fue la única, la última. No sé cómo llegó a la Isla, tal vez como agente de otros italianos que le remitían para vender, por ejemplo, cuatrocientas sesenta arrobas de aceite, una palangana, un jarro de plata, dos candeleros, cien botones de filigrana, una gargantillas de oro... Todo esto, y muchas cosas más, tenía en su casa alquilada cuando murió el 29 de diciembre de 1677. No estaba casado, le servía un ama a quien —además de su salario— quiso que le pagaran doscientos reales. No debió perder su acento: en su firma temblorosa su apellido se lee Celes, pero el escribiente a quien dictó su testamento anotó varias veces Zeli. Murió solo y murió lejos. A última hora se acordó de «un cordonsito de oro que traigo con una Nuestra Señora de la Concepción de oro que traigo en el pecho».

miércoles, junio 27, 2007

El Teide

Estos días tiene se reúne en Nueva Zelanda un comité de la UNESCO que puede declarar el Parque Nacional del Teide como Patrimonio Mundial. Quien lo conozca, comprenderá que sería un nombramiento merecido; y quien no, está tardando en venir a comprobarlo. Yo lo distinguiría como Patrimonio Sobrenatural... Pero ya lo es.


Más información Aquí.

lunes, junio 25, 2007

Cerca del mar

Cerca del mar es verano. Y en las copas de las palmeras, y entre los callaos de la playa. Tienen que arder las hogueras de San Juan para que un sol de Nivea amanse las tardes. Ayer las olas se golpeaban contra las rocas y dejaban en el aire un ruidito como de pica pica. Shsssss, shssssss... Y el sol se multipicaba en miles de gotas surgidas del océano como por arte de magia. El camino es ondulante, sube y baja, se acerca y se aleja, y en cada curva ofrece una vista distinta. A veces queda el mar en frente, otras las montañas. Camina uno con la tranquilidad de no tener que elegir, dejándose llevar por la misma fuerza que va hundiendo el sol poco a poco.

Cada itinerario es una metáfora. A mí me gusta dar paseos de ida y vuelta, en los que la meta es, de nuevo, el principio. Porque nunca se ve igual lo mismo cuando se desanda. No tienen el mismo color las piedras, ni el mismo aroma las plantas, ni el mismo vuelo las gaviotas al ir que al volver. Puede uno pensar, Ya he pasado por aquí. Pero no Ya he pasado por esto. Cada instante es distinto, todos tienen su propia luz irrepetible. Me gusta andar por el borde de la Isla como si fuera equilibrista sobre un mapa —ni en tierra ni en mar— en esas horas anchas del verano que no son tarde ni noche.







viernes, junio 22, 2007

Una paisana de EGM

Sé poco sobre ella, casi nada. Se llamaba Juana Benítez de Villarroel y era de El Puerto de Santa María. No sé cómo llegó a la Isla, ni cuándo o dónde se casó con un tal Juan Baptista Filuli, que pinta haber sido italiano. Tampoco sé si fue feliz con él, ni si lloró mucho cuando se quedó viuda. Pero parece haber sido una mujer delicada y sensible. Cuando quedó sola fue a vivir a casa de los Sánchez de Bustamante, a quienes, dijo, «he estimado y querido como a mis hijos y ellos a mí me han tratado como a compañera». A uno lo nombró albacea, y le encargó el cobro de cien ducados que le adeudaba en Sevilla Andrés de la Peña por unas casas que debió venderle en su ciudad natal. Allí quedaron hermanos y sobrinos, posibles herederos de una fortuna que presumo mínima. No pudo firmar su testamento «por la gravedad de la enfermedad», de lo que puede inferirse que supo escribir. Quizá —tal vez, no sé— un día anotó en un papelito que estaba triste, que se acordaba de Andalucía. Murió en abril de 1635.

miércoles, junio 20, 2007

Me dijo la tarde

No me mires, únete. Ven hacia mí, abandónate a mi suerte. Te llevaré de calle en calle, pediré hora en tu nombre al peluquero de los pearcings para que te trasquile. Al sentarte en la silla giratoria va a decirte que te ve cara de cansado y asentirás mirándote al espejo. No olvides advertirle que quieres las patillas de toda la vida, no como hace un mes que en vez de cara de cansado te la vio de metrosexual y te hizo aquello tan extraño. Luego te acercaré a la biblioteca donde buscarás sin éxito un libro, pero dará igual, porque por el camino pasarás por el cajero del Santander y sacarás los cuarenta euros que te hacen falta (Esta operación no tiene comisión). Y darás luego una vuelta absurda a la manzana y subirás por la calle principal hasta la iglesia, y por el camino tocaré por ti, para que no te canses, en el despacho de tu amigo J. y quedarás con él para salir a caminar esta noche. Y luego pasarás bajo la torre negra y entrarás en el supermercado. No te preocupes, te cogeré número (cuarenta y cinco) en la charcutería pero tendrás que estar atento porque la pantallita estará estropeada. Lo siento, pero serás tú solito quien cargue las dos bolsas de regreso a casa, pero te llevaré por un camino largo entre palmeras y al pasar por el castillo revival te recordaré que cuando Rocío Arana venga a la Isla tienes que enseñarle este lugar (muchas palmeras, un castillo). Me pondré azul para ti, me dejaré rozar por una ligera brisa, como si la ciudad fuera marina. No me mires, únete, sal a mi encuentro.

[Y, prodigiosamente, todo se cumplió].

lunes, junio 18, 2007

Tardes

Se me hacen largas las tardes, largas como tardes de verano. No llega la noche por más que la espero, ni se abren las gardenias aunque llevan días prometiendo hacerlo. Junio cálido, incluso con nubes, ha tomado ya posesión de la casa toda, de las sábanas, de la almohada, del agua en la nevera y de mí mismo. Huele distinto el verano. No es la misma luz. Y se me pone el cuerpo también a lo estival, más liviano. Como un ángel que salta de nube en nube a cámara lenta, sus alas apenas agitadas. Y cae luego casi sin peso sobre otra nube, que lo eleva como una cama elástica cansada. Se me hacen largas las tardes, y en vano trato de aprovecharlas, como una viña perdida que se vendimia por costumbre a principios de septiembre. Entonces la tierra huele ya de otra forma, una humedad vivificante se esconde bajo las piedras y sale antes la luna para rescatarme.

sábado, junio 16, 2007

Mirabilia

De pequeño mi madre me tenía de recadero. Cerca de casa estaba la de unas primas de mi abuela, viejísimas. Una de ellas se llamaba Paca, y por extensión aquella era la casa de las pacas, a la que iba de vez en cuando a llevar medicinas. Era un pequeño palacete de principios de siglo y no tenía timbre. Al abrir la puerta sonaba un racimo de campanitas y entonces yo me quedaba allí esperando a que una anciana voz preguntara quién era y me animase a subir. La escalera de madera tenía dos tramos y su parte central cubierta por una alfombra larga, que era como un gusano rojo tratando de alcanzar el primer piso. Recuerdo una mesa larga llena de cosas en una galería que daba al patio y un pasillo, al que nunca accedí, por donde se iba a la cocina y por donde veía venir a las sirvientas. A veces me daban una cesta con ciruelas o con higos, otras un tarro con peritas en dulce. Y casi siempre una de las pacas me cogía la mano derecha y dejaba en mi palma abierta una moneda de veinte duros, y luego me la cerraba. Me decía «No se lo digas a tu madre», y vigilaba desde arriba mientras yo bajaba las escaleras, abría la puerta —sonaban las campanitas— y me iba.

Las pacas ya no viven, ni en aquella casa ni en este mundo. Ahora, a veces, cuando voy a casa de mi abuelo, antes de irme me dice «Carlitos, espera». Va a un armario, rebusca, y me da un sobre. En vano le reprocho el gesto, pues con uno suyo insiste para que lo coja, como diciéndome «No se hable más». Los veinte duros de las pacas son ahora los euros de mi abuelo. No recuerdo qué hacía con aquellas monedas (tal vez comprarme perritos calientes), pero con los billetes de mi abuelo siempre me compro algo especial o algo que me haga falta; hasta entonces los conservo en el mismo sobre, que a veces lleva escrito mi nombre con su letra de otro tiempo. Hoy, por ejemplo, me he comprado una preciosa edición de Libros de maravillas que contiene los textos medievales de El viaje de San Brandán, de Benedeit, y El libro de las maravillas del mundo, de Jehan de Mandeville.

jueves, junio 14, 2007

Estudio melódico

Concierto en el auditorio, en la sala de cámara y no en la sinfónica. Hay días que el espíritu se acomoda mejor en un espacio pequeño. Son hermosas las catedrales, sí, pero uno crece en los minúsculos oratorios.

Puedo elegir mi butaca: fila cuatro, asiento catorce. Y compruebo que ha vuelto a pasarme. Esta vez la extrema derecha, otras la extrema izquierda y otras el extremo centro. Sin querer, elijo siempre un sitio aislado, nunca caigo en medio de la mayoría. Pienso: soy extremadamente yo.

Escribió Trapiello: «No hay músicas alegres. Tarde o temprano alguien las recuerda con tristeza». Tiene razón: a veces, el recuerdo comienza tras la última nota.

En la segunda parte cambié de sitio. Era un concierto de piano y clarinete y desde el lado derecho no le veía las manos al pianista. Tenía al lado un matrimonio, podrían ser mis padres. Durante la última pieza, en un momento intensamente hermoso, ella le puso la mano sobre la pierna y él la atrapó con la suya. Yo estaba con los brazos cruzados... Sólo se soltaron para aplaudir. Y ella gritó ¡bravo!

Debe querer mucho a su clarinete. No dejó de besarlo.

Los tacones son instrumentos de femenina percusión.

domingo, junio 10, 2007

Tantum ergo



Este domingo, heredero de un jueves, perdió el sol reluciente durante la mudanza. Se trajo las flores y el incienso, el brezo y las campanitas, los estandartes y el guión, los sarmientos y las espigas de trigo, pero se dejó la claridad de aquel día en medio de la semana, como un Jueves Santo sin madrugada ni pena. Y con el sol, se quedaron en el camino los juegos de cuando niño: coger tras la procesión arena de colores, pétalos y semillas para hacer alfombras en la azotea.

Se acercan las andas —relicario de plata— rodeadas de albas, opas encarnadas y casullas de mil hilos. Sobre cinco angelitos de madera llega la custodia dorada. Tanta ceremonia para un finísimo pan, orbe paciente y carta náutica. Ni la más hermosa de las imágenes detiene en torno a su materia la tierra entera, como lo hace esta oblea misteriosa.

sábado, junio 09, 2007

Resaca [beber para contarlo]

No sé cuánto bebí. Quizá tocamos a botella por cabeza. Qué más da. Para algunos serán gotitas de fina lluvia. Para mí, un océano con mástiles de tabaco, flotando atormentados. Lo pasamos muy bien durante la cena. Porque hay un momento que no sé qué pasa que se le pasa a uno el pasado y mira hacia el futuro —que acaba en el filo de la mesa— y todo está allí dentro y el mundo se reduce a cinco personas y pasan las horas y las botellas de vino y se pierde la cuenta y se pide la cuenta y cierran la puerta y nos vamos. Y nos vamos en taxi porque no podemos conducirnos, pero nos conducimos a otro lugar que está lleno de tunos cuarentones que acabaron la carrera cuando íbamos al colegio. Siguen cantando, ellos, con sus trajes negros, como modernos caballeros decadentes de una orden nobiliaria. No están sus mujeres, pero hay lagartas voladoras que revolotean de beca en beca, por si las besa un señor aunque tenga en el anular un anillo anulado, escondido, tal vez, en una pandereta. Yo estoy en el borde de la barra cometiendo el gran error de la noche: una cerveza. Volví a casa dando tumbos, con gran dignidad pero sin equilibrio. La noche ya estaba cansada de dormir y yo aún no me había acostado. Ahora lo pienso y me parece que en mi vida volveré a comer ni beber, y que nunca se me quitará esta tempestad que me empieza en el cuello y no sé dónde acaba.

jueves, junio 07, 2007

Se va, se va, se fue

La vida es una canción. A veces pienso que la mía es aquella famosa sevillana que dice No te vayas todavía, no te vayas por favor... Se fue la infancia, se fue, con su corona de cartulina. Se fue la adolescencia, se fue, apenas transgredida; y luego la juventud tan velozmente que me queda aún un vientecillo fugaz en las mejillas. Y vi yo que todo era bueno, que todos aquellos años tenían que irse para llegar hasta aquí, que es una palabra que se renueva cada día y que nunca es mentira.

Echo de menos a S., que se fue a Madrid pero no de mi vida. Y a P. cuando se va a México por unos meses, aunque luego vuelve. Porque los amigos de verdad, por definición, son escasos e insustituibles. Y, además, a nadie le gusta que le corten los dedos con los que cuenta sus tesoros. Hago esfuerzos por no llorar, como la miss recién elegida, como la madre del soldado, como el soldado. Pero sé que lo haré, musitando la sevillana aquella, cuando me despida de unos amigos que ahora se van.

M. y U. se llevan la mesa de las reuniones y las copas de vino; la silla y el taburete en los que me sentaba junto al ordenador y me sentía tan a gusto; se llevan el cigarrito robado (déjame uno) que me fumaba como quien se fuma un puro escogido; se llevan todas las letras del abecedario, multiplicadas, repetidas como tipos de imprenta preparados para hacer todos los libros del mundo; se llevan a Julito, que ya está hecho un hombre, y a Benito y a Jacinto, que maullarán al aire castellano; y se llevan una carpeta donde imagino guardados estos últimos años de mi vida, que ya nunca volverán. Porque no cae la misma lluvia dos veces, aunque llueva ahora sobre esta ciudad pequeña que hace esfuerzos por no llover.

miércoles, junio 06, 2007

El tío Roque

Conócete a ti mismo significa también, digo yo, conoce a tu familia. Y, en el fondo, conoce todo lo que puedas porque nada de lo humano te es ajeno. Los historiadores nos lo tomamos a la tremenda y empezamos por el final (o el principio, ya se sabe) y por casa del vecino (que puede ser, por ejemplo, primo segundo, eso nunca se sabe).

He contado a veces que mientras investigo sobre los otros me tropiezo con los míos. Conozco los nombres de algunos de mis tatarabuelos del siglo XVI, como un cirujano (o sea, barbero) que vino a la Isla desde Zalamea la Real. Qué ilusión me hizo saber que tenía un antepasado del arzobispado de Sevilla. El caso es que queda una laguna de ignorancia entre esos lejanos parientes y los familiares que he llegado a conocer.

Hoy una tía abuela (no las de pilates) me contó que su madre tenía un hermano llamado Roque. Primera noticia. El tío Roque vivía en una casita junto a la de la familia, solo, y padecía el mal de San Vito. Tenía además la nariz rara. «Dicen que era cáncer— apuntó ella— pero yo creo que era sífilis». Ingenuamente, pregunté por qué. Y me respondió bajando la voz y mirando a los lados: «Le gustaba mucho... correr». Ah.

Como temblaba demasiado, su hermana era quien le daba la comida. Y le dejaba cada noche unos caramelos enormes en forma de pera para que se estuviese tranquilo (sic). Cuando murió el tío Roque, quedó sin dueño más de un kilo de caramelos, motivo por el que mi tía abuela —que tenía entonces seis años— recuerda con cierta alegría aquel fallecimiento.

Mientras ella y mi abuela cenaban, me puse a curiosear entre los libros de la estantería, que merecen una futura entrada. Revoloteaba el espíritu del tío Roque. Lo sé. Cómo se explica, si no, que me encontrara dentro de La vuelta al mundo en ochenta días una columna de prensa recortada, de los años noventa, con este titular: «Ingresa en prisión la porno-artista Pandora». Tal cual.

lunes, junio 04, 2007

Los pilates de la tierra

Mis tías están tan contentas que ni siquiera hemos hablado de política. Anoche me llamaron para invitarme a comer, hacía semanas que no las veía. «Hice conejo en salmorejo», me dijo tía A. sabedora de mis debilidades. No pude negarme. Así que al salir del trabajo me fui hasta el pueblo de los veranos de mi infancia, tan cerca y tan lejos ambos... Iba yo con mi polo rojo, a ver si me decían «¡Qué rojo vienes hoy!». Pero no. Tía M. se preparaba para ir a Pilates y me lo recomendó: «Se te van a acabar todos los problemas». Se probó dos o tres camisetas, todas monísimas, tanto que le daba pena ponérselas sólo para ir a Pilates, que es como Lourdes pero más cerca.

Entraba y salía de la cocina mientras yo degustaba los manjares. En una de éstas tía A. me dijo: «M. está contenta porque ha perdido seis kilos. Yo también, pero a mí no se me nota y además tú no te fijas». Agradecí estar con la boca llena. Mi padre, que estaba por allí, al ver a su hermana tan tan tan feliz le preguntó que si le daban algo, además de ponerla a hacer ejercicio. Y entonces tía M. respondió fuera de sí: «¡Oxígeno, oxígeno!». Tía A. me miraba con cara de estar pensando en mandarla a hacer Pilates... Y luego sentenció: «Lo importante no es estar bien, sino encontrarse bien».

Cuando tía M., con su ropa deportiva, salió rumbo a Pilates la casa quedó como si cinco niños se hubieran ido a jugar a la calle. Aquel silencio resultaba tan venerable que tía A. y yo nos quedamos callados. Me fui a la salita y me puse a leer la prensa, como un marqués. Primero la de hoy (¡qué impacto, Bono comulgando rebanadas de pan!) y luego periódicos atrasados. En el último magazine de El Mundo leí un reportaje sobre un cura que acaba de ganar un premio de novela histórica. Parece una persona interesante. Y luego, a falta de ¡Hola! (creo que ya no lo compran en plan penitencia), me zampé rápidamente el Telva de junio. En portada, Inés Sastre parecía decirme: «Antes te gustaba». Tuve que responderle: «Lo siento, Inés, eso era antes. Y además, ahora estás casada».
El reportaje sobre el cura escritor: aquí.

domingo, junio 03, 2007

Casi dormido

Me gusta ver el contorno de la isla, las rocas junto al mar y las nubes deshilachadas sobre las montañas. Aunque el día no esté azul o no lo sea. Es tan pequeña la isla, tan poca tierra comparada con el océano. Y, sin embargo, tiene una fuerza cósmica y una belleza galáctica. Su luz no parece real. Pero, ¿es real la luz de las bombillas?
~
Me miro. De noche puedo a veces salir de mí y me miro entonces. Quieto. Taciturno. Casi dormido. Me doy pena, pero confío en la noche. O en la mañana, que es lo mismo. O en ti, que juegas con ellas como con naipes. Una mano escribe con mi letra. Leo. Sueño. Tengo sueño. Tengo sueños. Lo de siempre. Los de siempre. La noche como promesa, la novia del párpado. Como la luna, una pestaña en el aire. Me duermo. Vuelvo a mí.
~
La noche, de nuevo. Siempre la noche. Podría ser eterna. O durar más que el silencio. La noche. Apenas llega y ya se me está yendo. Quisiera llorar para retenerla. O tomarla en mis brazos y acariciarla. Pero es esquiva, y amanece. Todo el día deseándola, todos los días. Como una gloria de juguete. Así.

viernes, junio 01, 2007

Allegro con grazia


El verano enseña la patita. Empieza junio y cae uno en la cuenta. En la tele recuerdan que hace un año de la muerte de Rocío Jurado y casi diez de la de Lady Di. Mi hermana, sorprendida, se lamenta: «Nunca pensé que iba a hacerme mayor tan joven». Y tiene su parte de razón. Quizá sea mejor no recordar que la vida tiene también sus estaciones: su primavera, su verano, su otoño, su invierno. Porque, afortunadamente, la vida no es un tobogán previsible en el que lo peor es siempre el final.

Ayer pensaba en un concierto que el símil es más apropiado con una pieza musical, que tiene sus tempos ordenados —o desordenados— a gusto del creador. Va uno a veces por la vida allegro non tropo, otras poco allegretto, otras allegro moderato, otras poco adagio quasi andante, otras allegro amoroso, otras scherzando, otras allegro con brio...
Mientras tanto, ajena a estas cavilaciones, la naturaleza sigue su partitura. Hoy en el jardín, las flores abiertas a la plena luz, la hierba invadiéndolo todo y el perro pendiente de los niños de al lado. Viéndolo correr tan allegro con brio, con sus orejas al viento y el hocico sonriente, me entraron ganas de subirme a su lomo y dirigirnos juntos hacia el misterioso lugar del que proceden todos los colores y toda la fuerza.