Es verdad que la vida palpita en los papeles viejos, que no están muertos quienes son recordados. Que no están muertos. Igual que los personajes de un libro, al abrirlo, nos hablan, nos interrogan, nos reprenden, sucede también que voces de otros siglos se dirigen a nosotros. Yo los escucho, algunos días, al leer ancianas escrituras. En silencio. Cada legajo es un acordeón de historias por pasar, aunque pasadas. Y a veces pasa, por prodigio, que al leer dices acompañado lo que solo no podías:
«Jesuchristo, hijo de Dios uibo, Señor óieme, Saluador socórreme. Madre de Dios, princesa del cielo, Uirgen bendita y loada y de todo dolor rreseruada, ruega por mí a tu piadoso Hijo, hermosura de los ángeles, flor de patriarcas profetas del cielo, tesoro de los apóstoles, gloria de los mártires» (1614).NOTA. Esta oración, quizá improvisada, fue anotada por un anónimo escribiente en la portadilla de un protocolo de escrituras. Estas hojas eran a veces aprovechadas para hacer dibujitos, practicar caligrafía, plasmar arrebatos místicos o versos de amor. La vida misma. Los signos de puntuación son míos, y es probable que su colocación sea mejorable. Acepto sugerencias.
