domingo, octubre 28, 2007

A Madrid

No me gusta preparar un viaje; o, más correctamente, no me gusta preparar una maleta. Sería maravilloso que nos pudiéramos teletransportar súbitamente: ahora en casa, dentro de diez segundos en Madrid. Y ahorrar así la selección de camisas, de jerseys, de pantalones... Calcetines y calzoncillos son más dóciles: van tantos y punto. Luego está toda la quincalla que lleva uno: el cargador del móvil, el móvil, los cables de la cámara, la cámara, el cargador de pilas, el mp3, los pilots, alguna libreta, la cartera, el portátil, el neceser, y tal. Irse a Madrid una semana no es lo mismo que preparar una expedición de un mes a la selva, pero...

Hace ya algunos meses que no voy —a Madrid—, más de un año. No es ciudad que me entusiasme ni que aborrezca. Se deja caminar, se deja mirar. Pero no podría vivir entre tantísima gente. Aunque cada barrio es como un pueblo grande y tiene su mercado y su parroquia. He pasado meses en Madrid y, lo pienso ahora, no he conseguido unir mi emoción a ningún espacio urbano. No suspiro al nombrar la Plaza Mayor o la de Oriente, ni siquiera el Prado; eso me pasa con el Pont des Arts de París o con la Capillita de San José de Sevilla, por ejemplo. Si acaso, unos tacones apresurados por la calle Zurbano, el bufido del metro en cualquier estación o los atardeceres tras el Palacio Real. Todo intangible. Madrid se me resiste pacíficamente.

jueves, octubre 25, 2007

Oh England!

Las tardes se van como el dinero: volando. Mientras esperaba a que mi abogado me recibiera continué la lectura de Una educación incompleta, la autobiografía de Evelyn Waugh. Cuando abrió la puerta para que pasara se interesó por el libro y se lo enseñé. Para mi sorpresa me dijo que era uno de sus autores preferidos, que había leído varias obras suyas (enumeró títulos), pero que ninguno le había gustado tanto como Retorno a Brideshead. Ya me caía bien mi abogado, entre otras cosas por las esperanzas que tengo depositadas en su trabajo, pero no voy a negarlo, ahora me cae mejor y me parece más de fiar.

El propio Waugh me había preparado para la emoción; en aquella salita de espera burguesa y convencional leí un párrafo muy intenso sobre cómo con la muerte de las tías solteronas y el abandono de la casa familiar («No he vuelto nunca»), muere la infancia. Me pareció premonitorio y tuve que releerlo. Por cierto, que es muy interesante su argumentación sobre la diferencia entre tías solteras y tías solteronas.

Como si todavía estuviera en Hampstead, y después de dar algunas vueltas por la capital de la Isla —donde, por cierto, Nelson quedó manco de un cañonazo en 1797— llegué hasta una iglesia para escuchar un concierto de órgano, con un repertorio íntegramente inglés. Fue, sin duda, lo más apropiado para mi british extasis, la música de esas parroquias anglicanas en las que algunos antepasados de Waugh fueron pastores.

Llego a casa y en la tele ponen Gran Hermano. Ya estoy, de nuevo, en España.

lunes, octubre 22, 2007

Marina



Allí, solo en la piscina grande y junto al mar, escuchándolo romper con fuerza contra las rocas de octubre. Allí —mi cuerpo entre azules— me dio por pensar mientras nadaba de un lado a otro. Con la misma intensidad sentí lástima de mí mismo y, a la vez, una enorme esperanza. Era tanta la paz y la placidez que se me hizo insoportable, y tuve que obligarme a no salir del agua hasta las cinco. La isla toda bañada de luz, un día limpio de otoño sin veraneantes; y yo allí, solo en la piscina grande, a veces sumergido, otras simplemente flotando. Cerca, las montañas a contraluz. Y más arriba una luna pálida. Luego me tiré en una hamaca y adormilado pensé que era un náufrago sobre las olas, o una ofrenda pagana al sol que me miraba, iluminándome. Antes de que se ocultara me levanté para regresar al lunes del que me había escapado. Quedó el océano enorme bamboleándose, la piscina grande solitaria, los pescaditos en sus charcos. Y al volver —como ahora— sentí lástima de mí mismo y, a la vez, una enorme esperanza.

domingo, octubre 21, 2007

Fin de semana

VIERNES De regreso a casa, al pasar por el ayuntamiento, hombres trajeados y mujeres revestidas. Niñas disfrazadas de infantitas y un coche con cintas de colores; tacones y taconazos, piernas y piernazas, una alfombra hasta la puerta, arroz y un aroma especial: Eau de divorce.
*
SÁBADO «Yo no sé adonde vamos a llegar», exclamó una señora en el super a los mandos de su carrito. «Yo no sé adonde vamos a llegar», insistió paseándose entre quienes esperábamos nuestro turno ante el mostrador de la charcutería. «Guardo los tiques de una semana a otra, los comparo y me doy cuenta de todo lo que sube desde la última vez». Ninguno contestó, pero nuestros labios de mortadela gritaban en silencio y al unísono: «Adonde vamos a llegar».
*
DOMINGO Un creyente a un ateo [o viceversa]: «Puede que tengas razón en esto, incluso en lo otro, pero no en lo de más allá».

jueves, octubre 18, 2007

Con ese de Sapatero

No sé qué haser ahora. Si pronunsiara la seta, la verdá, no tendría más opsión que votar al partido sosialista: por solidaridá, por sensibilidá, por igualdá, por lealtá, por humildá, por estabilidá, por modernidá. [Qué chupi guay todo]. Pero no pronunsio la seta y —siguiendo a Sapatero— supongo que debe ser una cosa de familia o quisá de mi tierra. [En realidá, estoy convensido de esto]. Qué estupidés. Lo que nos queda de aquí a marso.

Ah, y no pienso que todo pueda decirse con una sonrisa.

miércoles, octubre 17, 2007

Exigencias

Será cosa de la edad (de la mía). Me quieren casar. Primero mis tías. Hace un par de semanas me preguntaron que si mi hermana tampoco se iba a casar. En el tampoco iba encerrada mi soltería entera: la pasada, la presente y la presunta futura. Y hoy en el trabajo, dos compañeras hacían planes para mí: la sobrina de una, una amiga de otra... Yo, simplemente, miraba. En éstas una de ellas dijo: «No hay nada que hacer, Carlos es muy exigente». Tuve que contestar: «Cierto. Soy muy exigente. Tanto, que no exijo nada».

domingo, octubre 14, 2007

Un sábado cualquiera

De repente volvimos veinte años atrás. En la cocina nos reunimos cuatro primos junto a mis tías. Un sábado cualquiera, como antes, como cuando éramos pequeños y los fines de semanas eran paraísos al alcance de la mano. Aunque nosotros hayamos crecido y mis tías sean ya mujeres con arrugas, los veía —nos veía— como si no hubiera pasado el tiempo, anclados en una edad dorada, en un día feliz. Y, sin embargo, a pesar del espejismo, del buen rato improvisado que pasamos, un aire melancólico nos envolvía al quedarnos callados. Como si entonces todos pensásemos en los años fugaces, en los abuelos ausentes, en aquella inocencia. Fuera, el mismo sol, las mismas flores en macetas nuevas, otro perro con el nombre de siempre —debe ser el tercero o el cuarto que se llama Rufo—; y dentro, los muebles cambiados de sitio para esquivar los recuerdos, cortinas nuevas para amansar la luz. Pero la misma claridad. Una fuerza ingobernable que nos confirma que somos nosotros, aunque los espejos no nos devuelvan, como antes, la imagen de los portarretratos.

viernes, octubre 12, 2007

Estrela, estrela

Sucede de vez en cuando. Algo —o alguien— irrumpe en tu vida y en tres minutos es tuyo para siempre. Hace un par de noches antes de acostarme escuché en la radio una canción que me entusiasmó. Por fortuna, al acabar el locutor dijo su título y su intérprete: Estrela, estrela del brasileño Vitor Ramil. La he conseguido y al volver a escucharla me gusta más. Letra y música son preciosas, quizá porque me encanta el portugués, quizá porque me encantan las estrellas, quizá porque elogia de ellas: «Brillar, brillar, casi sin querer. Dejar, dejar, ser lo que se es». Y porque empieza preguntándose, o así lo entiendo yo: «Estrella, estrella, cómo puede ser así, tan sóla, tan sóla, y nunca sufrir».

Aquí, pinchando sobre el título de la canción (pista 12), la letra en portugués.

NOTA Para escuchar la canción, mientras el reproductor de goear esté deshabilitado, buscar en esa web estrela ramil.

martes, octubre 09, 2007

Palmeras del desierto

Me alegra saber que la tradición islámica sostiene que en el paraíso hay abundantes palmeras. Una palmera en el desierto es como una sonrisa en un día triste, y resulta así comprensible que las guerras en Iraq las hayan exterminado prácticamente: donde hace veinte años había trece millones ahora hay sólo tres. Pero es que hace cuarenta había ¡treinta millones! de más de quinientas especies distintas. De pena o a bombazos, las palmeras sumerias han desaparecido del mapa para dejar claro que matar no es cosa santa.


sábado, octubre 06, 2007

Match point


Quien tiene un amigo tiene un videoclub. Mi amigo N. me deja de vez en cuando películas en deuvedé confiado en que me gustarán y suele acertar. Tiene cientos. Y mucha paciencia, porque tardo semanas en echarme en el sofá. Anoche por fin vi Match point, de Woody Allen, y me gustó. Lo digo por si a alguno de los que me lee le sucede lo que a mí con N. Yo no sé qué me pasó con Londres cuando fui hace diez años. Con lo que me gusta lo british. Londres, sin embargo, no acabó de convencerme. Quizá porque no me quedaba en una de esas casas maravillosas, ni me iba los fines de semana al campo —a una casa aún mejor que la de Londres—, ni jugaba al tenis, ni me encontré con Scarlett Johanson. Todas esas cosas que sí le pasan a Jonathan Rhys Meyers en la película de Allen. Claro que le pasan más cosas que no me dan tanta o ninguna envidia. He leído por ahí que el director no es tan original y que le debe una cena (y algunas escenas) a Dostoievski... En cualquier caso, es una película entretenida, irónica y por momentos desconcertante. Ahora quiero ver Scoop.

miércoles, octubre 03, 2007

Las cosas de uno

Leídas las cien primeras páginas de La cosa en sí, de Trapiello, me parece que puede uno lanzar sus impresiones tempranas. El propio autor advierte que este tomo ha salido «tan largo como ha salido», pero no es la largueza del libro lo que —de momento— me disgusta, sino la ausencia de aquellas notas ágiles de los otros volúmenes de la serie Salón de pasos perdidos que he leído, todos de sus primeras entregas. Aún no me he encontrado con aforismo alguno; lo más parecido es precisamente el comienzo: «Soy adivino —vaticiné—».

Claro está que Trapiello es muy dueño de escribir lo que le plazca y que no debe pensar en mí ni en mis gustos o preferencias, de modo que no lo critico. Sólo expongo mi desencanto provisional. Y no sé si es que estoy especialmente quisquilloso, pero pienso que abusa del uno, tan encantador otras veces, pero que en estas cien páginas primeras me resulta en muchas ocasiones sustituible, cuando no prescindible. A veces provoca una tormenta de primeras y terceras personas, verdaderamente confusa. Dejo aquí un fragmento, quizá no el más claro, pero a las horas y de la forma que lee uno —casi hundido en la cama— no está uno para anotar nada...
De vuelta, me entretuve caminando por algunas de aquellas calles. Lo encontraba todo fascinante y desconocido. Me decía: habrá uno estado cerca de aquí mil veces, pero jamás había entrado uno en este barrio ni visto toda la vida que esperaba, tan diferente de la vida de nuestro barrio. La última vez que estuvo uno cerca de estas calles fue cuando, hace quince años, venía a las oficinas del paro. Han pasado quince años, y de una u otra manera, sigue uno en el paro pero sin subsidio. En aquel entonces, después de esperar horas en la cola con otros parados, acababa ganduleando en la Cuesta de Moyano... donde también acabó uno hoy, dejándome llevar por el instinto, como las mismas bestias que «a vista de las aguas» descendían.