Es como un cigarrillo —pensé— partido a cierta altura, pero sin llegar a romperse. No me quedaba otro y lo encendí. Costó un poco que prendiera. Entonces, el humo no salía sólo de su extremo: se escapaba también por la herida aquella, por el corte breve que no había acabado de partirlo. Como en una tubería rota, el humo como un surtidor. Y en mi boca. A medida que se iba consumiendo el tabaco el riesgo de fractura aumentaba. Un riesgo inminente, inevitable.
No era para tanto: cuando la pequeña hoguera y sus chisporroteos alcanzaron el problema, el cigarrillo partido pasó a ser normal y pude fumar con tranquilidad, sin temer que se rompiese sobre mis pantalones, o sobre el sofá. Pero quedaba ya poco, apenas un tercio. Es como un cigarrillo —pensé—, la vida. Quizá, incluso, cada día lo es. Un cigarrillo con su corte peligroso, con su herida. Una sola dirección y una prueba superada. Una tras otra. Hasta apagarse.
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