Me cuesta entender que disguste tanto —y a tantos— el cambio de hora otoñal. De entrada, se nos regala una en medio del sueño, y la encontramos, por maravilla, al despertar, como un regalo de Reyes. La primera mañana es larguísima y cunde, incluso, si uno no hace nada. Siempre es temprano.
Sin embargo, por las tardes siempre parece tarde, aunque sea temprano. Oscurece antes y la noche se ensancha, dando a luz —menguante— a la tardenoche. Le decían mis tías, cuando jóvenes, a mi abuela: «Mamá, para pecar no hace falta que sea de noche». Es cierto. Pero tiene la noche, y no digamos la madrugada, una bula de felicidad, inspiradora y creativa.
Y qué bonitas las puestas de Sol, y los últimos rayos, hasta sobre una pared cualquiera. Ayer vi, enorme, la sombra de una palmera, proyectada sobre un edificio, como en un cine de verano. En estas tardes tranquilas de otoño la paz llega antes.
3 comentarios:
Gracias.
Gracias, gracias.
Y a la negra envidia de que no se me ocurriera a mí tan hermoso argumento a favor (yo quisiera estar siempre a favor), la consuela pensar que la luz de las islas te habrá echado una mano para esta maravilla.
Me encantan tus pequeñas rutinas literarias, me encantan.
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