debería —en silencio, sin dejar huellas—
dar gracias por este enorme privilegio:
tener un jefe malnacido que pide a gritos su asesinato.
Me dedicaría, entonces, por las mañanas
a planear una muerte estúpida. Por ejemplo,
quedar encerrado en el retrete, de viernes a lunes,
cuando sería tristemente (je je) hallado su fresco cadáver.
O tal vez sería más discreto, no sé, una torpe caída
es
....ca
......¡.le
..........¡.ras
................¡. abajo, aunque está muy visto. No
quiero que fallezca como en un libro cualquiera.
Merece morir como en un Premio Planeta (o finalista).
Si yo fuera escritor de novelas policiacas
pensaría en estas cosas, en horas de trabajo.
Pero soy, para suerte de mi jefe, un chico bueno
que se toma en serio el quinto mandamiento.
1 comentarios:
Esperemos que tu jefe sea aficionado a las noveleas políacas y no... a los blogs.
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