Supongo que ya lo he escrito años atrás. No me gusta este último día; no me gusta sentirme como me siento este día. Cada vez menos, es verdad, porque uno crece/madura. Pero en este momento, cuando quedan apenas dos horas para las doce, ya soy el de siempre: de lágrima [muy] fácil y nudo en el estómago. Lo bueno es que he logrado retrasarlo hasta este momento y que pasa pronto: justo a medianoche. Hasta entonces éste es mi superplan. Acabar de ver la primera parte de El padrino —que no habia visto—, cenar cualquier cosa y meterme en la ducha de 11:57 a 00:02. Luego, lo que tarde en dormirme.
De este año que se va lo peor es que he perdido mucha esperanza, como quien pierde mucha sangre en un accidente. Me sorprendo, quisquilloso, matizando a quienes ante el nuevo año me desean que se arreglen las cosas —son cosas, no quiero perderlo de vista—. Yo les pongo cara de uf, de vale-vale, de incrédulo. Y hasta algunos que no creen me han reprendido, porque —dicen— «hay que pedir, hay que pedir». Pues habrá que pedir.
¡Feliz año nuevo!