viernes, diciembre 31, 2010

2010/2011

Supongo que ya lo he escrito años atrás. No me gusta este último día; no me gusta sentirme como me siento este día. Cada vez menos, es verdad, porque uno crece/madura. Pero en este momento, cuando quedan apenas dos horas para las doce, ya soy el de siempre: de lágrima [muy] fácil y nudo en el estómago. Lo bueno es que he logrado retrasarlo hasta este momento y que pasa pronto: justo a medianoche. Hasta entonces éste es mi superplan. Acabar de ver la primera parte de El padrino —que no habia visto—, cenar cualquier cosa y meterme en la ducha de 11:57 a 00:02. Luego, lo que tarde en dormirme.

De este año que se va lo peor es que he perdido mucha esperanza, como quien pierde mucha sangre en un accidente. Me sorprendo, quisquilloso, matizando a quienes ante el nuevo año me desean que se arreglen las cosas —son cosas, no quiero perderlo de vista—. Yo les pongo cara de uf, de vale-vale, de incrédulo. Y hasta algunos que no creen me han reprendido, porque —dicen— «hay que pedir, hay que pedir». Pues habrá que pedir.

¡Feliz año nuevo!

martes, diciembre 28, 2010

Todos tus deseos

No es una inocentada. Soy yo. Debajo de la faena laboral (¡un año y medio trabajando sin cobrar!), debajo de un revés judicial (defecto de forma, vuelta a empezar), debajo de meses de esfuerzo suplementario para acabar la tesis (ojalá, en enero), debajo de todo eso estaba yo. Estoy yo. Y contra todo pronóstico no estoy aplastado, acabado, hundido… Me ha brotado —porque esto es de psiquiatra— un instinto de supervivencia y una (con perdón) mala leche que me mantienen no sólo vivo, sino combativo. Voy por la vida cantando las cuarenta; y ahora —en voz baja— villancicos. Felicidades, pues, porque lo que no mata, engorda. Claro que, de ahí a ir deseando al personal que se le cumplan todos sus deseos, en plan sms masivo, hay un trecho. No me lo deseen, por favor; porque deseos, lo que se dice deseos, ¡ay Señor, si se cumplieran mis deseos!

miércoles, diciembre 08, 2010

Azul purísima

Sólo para este día. Casullas, mitras, frontales, cuelgas, zapatitos, sayas, mantos, capas pluviales… De un azul distinto, claro y luminoso. Un maravilloso derroche que hoy me recuerda que todos los días son únicos, irrepetibles. Y que, a pesar de todo, merece la pena revestirse para celebrarlos. Como si fueran de fiesta.

miércoles, diciembre 01, 2010

Quinto mandamiento

Si yo fuera escritor de novelas policiacas
debería —en silencio, sin dejar huellas—
dar gracias por este enorme privilegio:
tener un jefe malnacido que pide a gritos su asesinato.

Me dedicaría, entonces, por las mañanas
a planear una muerte estúpida. Por ejemplo,
quedar encerrado en el retrete, de viernes a lunes,
cuando sería tristemente (je je) hallado su fresco cadáver.

O tal vez sería más discreto, no sé, una torpe caída
es
....ca
......¡.le
..........¡.ras
................¡. abajo, aunque está muy visto. No
quiero que fallezca como en un libro cualquiera.
Merece morir como en un Premio Planeta (o finalista).

Si yo fuera escritor de novelas policiacas
pensaría en estas cosas, en horas de trabajo.
Pero soy, para suerte de mi jefe, un chico bueno
que se toma en serio el quinto mandamiento.