Había llovido. La silla de plástico que tengo en la terraza estaba mojada, así que la moví para que cayera el agua. De pronto, se formó sobre el suelo un pequeño océano, y en él, flotando, trocitos de hojas secas y otros desperdicios. Encendí un pitillo y estuve un rato mirando las pequeñas ondas que el aire formaba sobre el agua. Cada pequeño resto flotante podría ser un continente, un planeta, con vida en ellos. Yo, enorme, un ser superior que, sin embargo, no he creado ni el agua, ni el aire, ni la vida.
Un ser superior no deja de ser un lugar común. ¿Y qué, si existe un ser superior? Técnicamente, mi jefe era un ser superior. Y hace tres semanas y media me echó del trabajo compinchado con otros seres superiores; superiores a él. Quizá porque es Viernes Santo y no me lo parece, tal vez porque aunque no me lo parezca es Viernes Santo, pensé allí, con un cigarrillo en la mano y agua a mis pies, que lo que deseamos no es que exista un ser superior, sino que ese ser superior nos ame. Y esta idea se comunica, como las ondas en el charco, a todos nuestros afectos, a todas nuestras aspiraciones y necesidades.
4 comentarios:
Vaya, lo siento mucho. Te quería imaginar en Sevilla, pero parece que tampoco has podido estar allí.
Y eso que llaman "el ser superior" es hoy el inferior: y ahí se ve lo que nos quiere.
Imagínate esa silla en Sevilla...
Un beso.
Es tan buena la entrada que entran ganas de fumar. Um, allí, contigo, a la orilla del charco…
Así es. Y no me había dado cuenta hasta que te he leído.
Publicar un comentario en la entrada