miércoles, junio 01, 2011

Tesis

A veces los momentos importantes llegan sin pena ni gloria: no sabría decir qué día —ni a qué hora ni en qué minuto— acabé la tesis. Porque no es como el primer beso, sino como el último; tiene que pasar el tiempo para darte cuenta de que fue el último. Lo que sucede, conviene. Esto también se comprende mejor con la distancia. Ahora pienso que sin el tiempo libre que me ha quedado tras el despido no habría podido entregarme a rematar cientos de páginas, cientos de horas, miles de letras, espacios y números tecleados. No tiene dedicatoria; aunque me pasaron por la cabeza unos versos de José Ángel Valente: «A ti, que no estás ni sé quién eres». Puedo leerla de cabo a rabo sin conmoverme, salvo los agradecimientos, no obstante comedidos, contenidos, con sus muertos y con sus ausentes, porque ha pasado ya demasiado tiempo desde que empecé. Me gusta releerlos para comprobar que me queda un resquicio emocionable, que no estoy tan dormido ni tan de vuelta. Me gusta, incluso, enfrentarme a palabras que ya no están —y que nadie echará en falta— porque ya no proceden. Mi querido amigo, por ejemplo, antes del nombre de fulanito de tal. Sólo yo puedo ver esas cicactrices invisibles, y es mejor así. Al fin, las otras conclusiones no importan. La vida es la verdadera tesis. Y uno mismo, más temible que cualquier tribunal.

2 comentarios:

Ángel Ruiz dijo...

Enhorabuena, qué bien terminar una cosa así, ya es un premio quitársela de encima.

Javier Álvarez dijo...

¡Enhorabuena!