martes, agosto 02, 2011

Lecciones

Llueve. Qué importa que sea 1 de agosto. Si todo se ajustara al guión sería aburrido, por previsible. En el fondo —y, sobre todo, en la forma— me gusta este verano raro en la ciudad que, con su niebla y su calor tibio, me acompaña. Me dice gota a gota que los diferentes somos legión, y que lo normal solo está en los manuales y en los libros de estilo. La vida cotidiana es una suma de rarezas inesperadas. A poco que se haya vivido hay que rendirse a esta evidencia, sin perder tiempo en comprenderla. Es así. Ni siquiera sé si es bueno. El riesgo es convertir esta sana indolencia en anestesia, como si fuera mejor vivir sin sentir, sin sentirlo, sin sentido. No es eso. Andaba yo cavilando estas cosas durante el mes de julio cuando leí, en la novela El pájaro espectador, de Wallace Stegner, estas líneas que debería memorizar:

Acepta agradecido cualquier placer que el mundo te proporcione, pero no reniegues de Dios cuando te falle. Nadie en el Universo te prometió nunca nada. La mayor parte de las cosas se rompe, corazones incluidos. Las lecciones de una vida no nos proporcionan la sabiduría, sino cicatrices y callosidades. Pero eso no funciona de un modo indefinido. La crucifixión puede discutirse filosóficamente hasta que empiezan a dar martillazos en los clavos.

1 comentarios:

AnaCó dijo...

Muy bueno Carlos, gracias. Creo que tomará tiempo la vuelta, pero te agradezco esa espera. De verdad te lo agradezco.