Mañana —dicen— llega a las Islas una ola de calor, pero ahora, todavía madrugada, hace un frío propio de una noche de otoño. En manga corta, en la terraza, siento sobre mi piel el fresco sin importarme, porque sé que cuando apague el pitillo entraré de nuevo y me meteré en la cama. El sufrimiento depende, en buena medida, del tiempo que tarde o, mejor, del tiempo que suponemos que va a durar. Una muerte, por ejemplo, es tajante, y siendo como suele ser una mala noticia es tan contundente e incontestable que no queda lugar para el temblor de la incertidumbre. En la lápida sepulcral del pequeño Guido Finzi-Contini hicieron inscribir: «Perfecto en forma y espíritu, tus padres se aprestaban a amarte cada vez más, no a llorarte». Lo que queda, en efecto, es la pena cuando se frustra una progresión natural de amor, una expectativa. Sin embargo, en otras circunstancias, esa esperanza es la que alimenta el sufrimiento. No se resigna uno a ser, por ejemplo, abandonado —por una pasión, por un amigo— y si es verdad que mientras hay vida hay esperanza también lo es que mientras hay esperanza hay drama. La lección no está aprendida. O quizá sí, pero ¿de qué sirve? No me consuela saberlo ni me alivia escribirlo. Sólo tomo nota, por si alguna vez me toca a mí ser el abandonador: decir adiós es una —última— obra de caridad y tener a alguien sufriendo, esperando ingenuamente, es un pecado de los que sólo Dios puede perdonar. Aunque yo esté dispuesto a disculparlo.
miércoles, septiembre 07, 2011
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