Inesperadamente. Después de años de pleitos, de citas con el
abogado, de dos juicios, de larguísimos meses de incertidumbre y de trabajo sin
sueldo, de un despido luego declarado nulo… Después de todo eso ayer,
inesperadamente, todo acabó y acabó bien. Después de tanto tiempo con la noche
en la espalda, cuesta creer que la inseguridad y la injusticia —en esto— ya no
son una amenaza. Tras una firma, un apretón de manos, abandonar un despacho y
coger un ascensor, de vuelta a la calle: la vida real. La vida.
No pude entonces, ni siquiera, alegrarme. Después de tanto
tiempo también eso resulta difícil. Me senté solo en la terraza de un bar y pedí
una caña. Había que celebrarlo y empecé por convocarme. Me costó empezar a
sentir, a sentir algo. Y sentí, primero, que tenía que hacer una llamada al pasado.
Llamé a la viuda de un amigo a quien, de estar vivo, habría llamado en primer
lugar. Y luego, una llamada al
futuro, a un amigo que, aunque vivo, no está. Sentí que por una vez tenía que
hacer exactamente lo que me dictaba el corazón: algo imprudente, tal vez temerario,
quizá un error estratégico y una rendición. Pero lo hice, porque meses de
distancia no acaban con una amistad fraternal. [Aunque Caín acabó con Abel]. Hemos
quedado para comer mañana.
Para que existan estos días especiales han de abundar los
normales y los malos. Puede que no merezca la pena, pero es así. Y punto. Punto
y seguido.
2 comentarios:
Espero que te haya ido bien en la comida. Ánimo, como decía Teresa de Ávila, todo se pasa...
Gran entrada, Carlos. Sin ropajes. La verdad desnuda. Y qué hermosamente contada. Enhorabuena por el fin de todas estas cuitas. ¡Feliz Navidad!
Publicar un comentario en la entrada