domingo, diciembre 25, 2011
Salón
El salón va quedándose vacío. De personas, de muebles, de vida. Siendo yo pequeño era una habitación muy transitada; entonces la familia era mayor, había ancianos y visitas. En un rincón ahora sin nada estaba entonces el televisor, y donde está la silla —incómoda pero decorativa— hubo un sillón bien acolchado en el que se sentaba un primo de mi abuelo cuando venía a verlo mientras estuvo enfermo. Ya olvidé cuál de los dos murió primero. Siempre me gustó esa casa, la de mis abuelos paternos, que fue también la primera en la que viví, apenas unos meses que no recuerdo. No he olvidado, sin embargo, los fines de semana y los veranos de la infancia. Desde entonces aprecié, sin saberlo definir, su aire inglés, los muebles coloniales y la carpintería blanca, el piso de madera, las cortinas y las tapicerías de cretona con grandes flores como las del jardín. Sobre el piano permanece la fotografía de la bisabuela; siempre pensé que me miraba raro, aunque lo cierto es que era yo quien la veía con ojos extraños. Y en los portarretratos, resumida y expurgada la última historia familiar. A la izquierda, en un marco ovalado, una fotografía de mi abuelo cuando niño. Siempre me dijeron que me parecía a él. Recuerdo acudir solo a mirarlo, como si quisiera confirmar de aquella forma mi pertenencia a la familia.
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