domingo, diciembre 25, 2011

Salón


El salón va quedándose vacío. De personas, de muebles, de vida. Siendo yo pequeño era una habitación muy transitada; entonces la familia era mayor, había ancianos y visitas. En un rincón ahora sin nada estaba entonces el televisor, y donde está la silla —incómoda pero decorativa— hubo un sillón bien acolchado en el que se sentaba un primo de mi abuelo cuando venía a verlo mientras estuvo enfermo. Ya olvidé cuál de los dos murió primero. Siempre me gustó esa casa, la de mis abuelos paternos, que fue también la primera en la que viví, apenas unos meses que no recuerdo. No he olvidado, sin embargo, los fines de semana y los veranos de la infancia. Desde entonces aprecié, sin saberlo definir, su aire inglés, los muebles coloniales y la carpintería blanca, el piso de madera, las cortinas y las tapicerías de cretona con grandes flores como las del jardín. Sobre el piano permanece la fotografía de la bisabuela; siempre pensé que me miraba raro, aunque lo cierto es que era yo quien la veía con ojos extraños. Y en los portarretratos, resumida y expurgada la última historia familiar. A la izquierda, en un marco ovalado, una fotografía de mi abuelo cuando niño. Siempre me dijeron que me parecía a él. Recuerdo acudir solo a mirarlo, como si quisiera confirmar de aquella forma mi pertenencia a la familia.

jueves, diciembre 22, 2011

Se te pasará


«Se te pasará», seguía mi padre. «Se te pasará y mucho antes de lo que crees. Desde luego, lo siento, lo siento: me imagino lo que estás pasando en este momento. Pero también te envidio un poquito, ¿sabes? En la vida, para comprender, comprender de verdad cómo son las cosas de este mundo, debes morir, por lo menos una vez. Conque, siendo ésa la ley, mejor morir joven, cuando aún tienes tanto tiempo por delante para levantarte y resucitar… Comprender de viejo es horrible, mucho más horrible. ¿Qué hacer? Ya no queda tiempo para volver a empezar de cero, ¡y nuestra generación se ha llevado tantas, pero es que tantas, decepciones! En cualquier caso, gracias a Dios bendito, ¡tú eres tan joven! Dentro de unos meses, ya verás, hasta te parecerá mentira haber vivido todo esto. Acaso te alegres, incluso. Te sentirás más rico, no sé… Más maduro».

Giorgio Bassani: El jardín de los Finzi-Contini [1962].

miércoles, diciembre 21, 2011

Punto y seguido


Inesperadamente. Después de años de pleitos, de citas con el abogado, de dos juicios, de larguísimos meses de incertidumbre y de trabajo sin sueldo, de un despido luego declarado nulo… Después de todo eso ayer, inesperadamente, todo acabó y acabó bien. Después de tanto tiempo con la noche en la espalda, cuesta creer que la inseguridad y la injusticia —en esto— ya no son una amenaza. Tras una firma, un apretón de manos, abandonar un despacho y coger un ascensor, de vuelta a la calle: la vida real. La vida.

No pude entonces, ni siquiera, alegrarme. Después de tanto tiempo también eso resulta difícil. Me senté solo en la terraza de un bar y pedí una caña. Había que celebrarlo y empecé por convocarme. Me costó empezar a sentir, a sentir algo. Y sentí, primero, que tenía que hacer una llamada al pasado. Llamé a la viuda de un amigo a quien, de estar vivo, habría llamado en primer lugar. Y luego, una llamada al futuro, a un amigo que, aunque vivo, no está. Sentí que por una vez tenía que hacer exactamente lo que me dictaba el corazón: algo imprudente, tal vez temerario, quizá un error estratégico y una rendición. Pero lo hice, porque meses de distancia no acaban con una amistad fraternal. [Aunque Caín acabó con Abel]. Hemos quedado para comer mañana.

Para que existan estos días especiales han de abundar los normales y los malos. Puede que no merezca la pena, pero es así. Y punto. Punto y seguido.