Antes de que me pesaran, me
midieran, me auscultaran y me palparan me palpé yo mismo y recordé que hace no
tanto las cosas me iban peor, mucho peor. Salí adelante, en buena medida,
apelando a la fugacidad de la propia vida: todo pasa. Es una de las ventajas de
haber perdido ya la juventud, cuando todo se eterniza y el tiempo está de más.
Ahora, la lección está aprendida: tempus
fugit, y con él vuela también el sufrimiento. Aunque luego regrese. Puede
que suene triste, pero no. Lo triste —e ingenuo— era pensar que todo es para
siempre.
MÚSICA A PIE DE PÁGINA
La Casa Azul: Qué se siente al ser tan joven
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