domingo, mayo 20, 2012

Chequeo

En la sala de espera de un médico, así sea para un simple chequeo, no puede uno evitar encogerse y sentirse poca cosa. Mis neurosis no me hacen fabular con posibles enfermedades, imprevistas y desagradables; eso es más de científicos. Yo, historiador y archivero, me doy al género autobiográfico y repaso los expedientes de mis dolencias pasadas, siempre presentes.

Antes de que me pesaran, me midieran, me auscultaran y me palparan me palpé yo mismo y recordé que hace no tanto las cosas me iban peor, mucho peor. Salí adelante, en buena medida, apelando a la fugacidad de la propia vida: todo pasa. Es una de las ventajas de haber perdido ya la juventud, cuando todo se eterniza y el tiempo está de más. Ahora, la lección está aprendida: tempus fugit, y con él vuela también el sufrimiento. Aunque luego regrese. Puede que suene triste, pero no. Lo triste —e ingenuo— era pensar que todo es para siempre.

MÚSICA A PIE DE PÁGINA
La Casa Azul: Qué se siente al ser tan joven